viernes, 8 de mayo de 2015
Ema y el copo de nieve
Ema siempre soñó con la nieve. Tenía hermosos sueños blancos en los que jugaba sobre bizcochuelos espolvoreados de azúcar impalpable. Otros en los que jugaba a dejar huellas hondas con sus pies en el campo nevado, con sus manos y con otros objetos que tuviera al alcance.
Cada Navidad, cerraba los ojos fuerte y le pedía a papá noel, al niño jesús o tal vez a los padres, un copo de nieve. Un sólo copito blanco como de algodón. Pero donde vivía Ema, no había nieve. De tanto en tanto, algún granizo y nada más.
Entonces un día, la invitaron al norte a pasar una temporada. Era invierno. ¡Por fin iba a conocer la nieve!
Ema se preparó bien. Llevaba todo un equipo de explorador de montaña y un frasquito. Estaba decidida a traer de vuelta un añorado copito.
Cuando llegó la esperaban para ir a la montaña.
Frente a la blanqueza del paisaje, sus ojos brillaron más que siempre y su corazón latió como nunca.
Jugó, corrió, dejó huellas profundas y escondió bajo un montoncito de nieve un regalito que había llevado. Y justo antes de irse, sacó el frasquito y con su mano, guardó un copito.
El viaje de regreso fue muy rápido, a veces el tiempo vuela.
Esperaba el momento íntimo de sentarse a ver la luz en su copito. Pero al sacar el pote de su bolsillo, el copito ya no estaba! Ahora era un poquito de agua, y reflejaba la luz, como el agua lo hace.
Ema se entristeció y se llenaron sus ojos de lágrimas. Entonces en los ojos mojados vió la luz de colores azulados de la nieve y supo, que el copito estaría con ella para siempre.
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