Con algunas amigas, tenemos una cadena, que a mi me gusta llamar la cadena del amor. Una recibe ropa de su sobrinas, que usará su hija, luego mis hijas, y luego las hijas de mis amigas, en orden de llegada a este mundo. Esta idea de conexión vital, a través del amor, es una forma de continuidad.
En casa, con las cosas, es igual. Supongo que un poco por eso, y otro por circunstancias de la vida, mi casa es un puzzle de afectos, plasmados en objetos, grandes o pequeños, valiosos o invaluables.
Uno de estos objetos, era la vieja Singer. Pero de estas, en casa, había dos. Una más antigua y maltrecha y otra más nueva y brillante. No se usan para coser, sino para apoyar, como mesas de arrimo, o de cocina. Para quien conozca estas mesas, será sencillo imaginar la incomodidad de esquivar los agujeros o tratar de mantener un plato derecho, en sus desniveles.
Finalmente, me decidí a desarmarla y cambiar la tabla. Exploré alternativas en finger, en resina, y demás, hasta decantar por una opción clásica en eucaliptus, lustrado y con el canto curvo.
Falta afinar detalles, como la ruedita de hierro faltante, tal vez una alfombra o los asientos que combinen, pero desde ahora, cenamos en familia, con calor de abuela.
